Lágrimas azules. Hilos de seda. Sensaciones suaves y profundas de alguien en continua evolución.
lunes, 16 de enero de 2012
jueves, 28 de julio de 2011
Completamente azul
― ¿De qué color es el lunes?
No sé que habrán contestado los niños, no me he parado a escuchar. Pero me he preguntado dónde habrá aprendido la tutora esa forma de preguntar que me retrotrae a la infancia.
― ¿De qué color es el miedo?― preguntaba mi madre si mis hermanos o yo confesábamos sentirlo en algún momento. Y no teníamos respuesta.
― ¿De qué color es el lunes? Me he preguntado hoy. Y lo encuentro completamente azul.
martes, 10 de mayo de 2011
Adiós abril, adiós

Sobrevivir a la primavera. Un año más. Oyendo el piar de los pájaros nuevos que cantan como si fueran los primeros sobre la tierra y el funcionamiento de ésta dependiera de sus trinos, notando el temblor de las hojas en las copas de los árboles como si ellos, muy por encima de nuestras cabezas, también tuvieran miedo.
Sobrevivir a la primavera. Romper las rutinas, ignorantes de que esa ruptura nos devuelve la vida al cuerpo.
Sentirse tan vulnerable como un renacuajo en un estanque, tan impotente como la rama del sauce que no llega a rozar el agua. Notar el peso de siglos en las plantas de los pies. Sentir el dolor en cada paso y agradecer que a pesar de todo sigan caminando y nos lleven siempre hacia adelante. Porque cuando no se busca ni se espera nada se puede disfrutar lo que se encuentra.
Sobrevivir a la primavera. Romper las rutinas, ignorantes de que esa ruptura nos devuelve la vida al cuerpo.
Sentirse tan vulnerable como un renacuajo en un estanque, tan impotente como la rama del sauce que no llega a rozar el agua. Notar el peso de siglos en las plantas de los pies. Sentir el dolor en cada paso y agradecer que a pesar de todo sigan caminando y nos lleven siempre hacia adelante. Porque cuando no se busca ni se espera nada se puede disfrutar lo que se encuentra.
domingo, 2 de mayo de 2010
lunes, 4 de mayo de 2009
Luis Eduardo Aute
Torrejón respira, se mueve, mejora y crece. Es un gozo habitar esta población últimamente. Las calles están muy bien arregladas, más limpias. Hay fuentes y otros ornamentos que la embellecen. Además hay fiestas populares a todas horas, para todos los gustos y todas las edades.Es como celebrar la vida continuamente. Ocio alternativo.
Este fin de semana se conmemoraba el dos de mayo; los tres días ha habido actuaciones gratuitas. Anoche un concierto de Luis Eduardo Aute.
Un lujo para los sentidos.
Más de dos horas estuvo cantando, explicando de forma amena el por qué de algunos temas, e incluso recitando poemigas (poemas con mucha miga). El escenario estaba instalado en la plaza, con sillas de tijera para el publico. EL cielo se vistió de azul raso y las golondrinas volaban en círculos, bailando, escuchando, decorando junto a la luna el mejor techo del mundo.
Poco a poco fue oscureciendo y el aire comenzó a enfriarse. La gente se iba retirando y al final sólo quedamos los entregados a tan amable causa. Ya nos advirtió el genio canta autor que el concierto sería largo y nos daría “el alba”, y nos la dio al final y a capela, pero antes de eso tocó las melodías más conocidas a solas con su guitarra y antes con el grupo...
En fin, una gozada; aunque Luis Eduardo venía de ver la última imagen de un amigo: Pablo Lizcano, el periodista que falleció ayer en Madrid.
Él le dedicó una canción.
Yo, modestamente, me uno al dolor de su pérdida y le doy un beso a su mujer, mi admirada Rosa Montero.
viernes, 24 de abril de 2009
domingo, 5 de abril de 2009
La rueda de la vida
Hace años, siendo niña, entré en casa de la abuela Carmen para enseñar una cestita. Mi madre acababa de hacerla con los tapones de las botellas de vino que vendíamos en la tienda, al pormenor; un cuarto, medio litro... Entonces había cortinas hechas con chapas de refrescos y cervezas, chafadas alrededor de una cuerda y fijadas con algún nudo. Más que la estética, me gustaba el tintineo que producían al atravesar los umbrales de las puertas. Pero los tapones de aquellas botellas eran sombreritos de plástico. Mi madre les recortó la “copa” y forró el “ala”; una anilla plana de aproximadamente un centímetro. Las unió una por una, consiguiendo un entramado rígido y les dio la forma de una cesta, pequeña y coqueta, con un asa que se cerraba con un trozo de lápiz. Estaba tan contenta de la originalidad de su obra que se empeñó en mandarme a que la “viera” la tía Sole que vivía también allí desde que se quedó ciega. Era el mes de febrero y ya era de noche. Puse mil excusas infantiles, para no salir de casa a esas horas, pero insistió tanto que tuve que ir. Vivíamos cerca, en la misma calle. La abuela Carmen ya tenía la sartén al fuego lista para freír, la tía, que picaba patatas para la cena, se lavó y se secó las manos en el mandíl, repasó la cesta, la vio con aquellos dedos, largos y diestros que eran sus ojos y le gustó. Luego dijo:
-Mira, Maricarmen, lo que estoy haciendo. Patatas de dos clases. A tu primo le gustan redondas y finas, y a tu prima alargadas.
Comprendí en aquel gesto un mensaje que se adhería a los platos, a las paredes y al aire tibio, en la humildad de la típica cocina castellana, recibí una lección de amor. Y sentí el crujidito del crecimiento instantáneo. Algo que nunca he podido olvidar, y no sólo porque fueran las últimas palabras que le oyera: a mi tía se le paró esa madrugada el reloj del corazón.
Al año siguiente me vine con mis padres a vivir a Torrejón. Y seguí creciendo. Hace unos días he vuelto a entrar en una de las tres casas que se hicieron en la de la abuela cuando ella murió. Mi prima llevaba el mandíl puesto, pero era su marido quien cuajaba las tortillas; una para cada uno y dijo:
-Mira lo que estoy haciendo. Tortilla de tres clases. A tu prima le gusta más fina y menos hecha, a mi más alta y al niño intermedia.
Entonces me di cuenta de que no sólo estábamos en el mismo sitio, una parte de la misma gente de antaño, sino que la misma parte de la rueda de la vida giraba en ese instante para dar un repaso a la misma lección: la grandeza de las cosas que solo se hacen por amor.
-Mira, Maricarmen, lo que estoy haciendo. Patatas de dos clases. A tu primo le gustan redondas y finas, y a tu prima alargadas.
Comprendí en aquel gesto un mensaje que se adhería a los platos, a las paredes y al aire tibio, en la humildad de la típica cocina castellana, recibí una lección de amor. Y sentí el crujidito del crecimiento instantáneo. Algo que nunca he podido olvidar, y no sólo porque fueran las últimas palabras que le oyera: a mi tía se le paró esa madrugada el reloj del corazón.
Al año siguiente me vine con mis padres a vivir a Torrejón. Y seguí creciendo. Hace unos días he vuelto a entrar en una de las tres casas que se hicieron en la de la abuela cuando ella murió. Mi prima llevaba el mandíl puesto, pero era su marido quien cuajaba las tortillas; una para cada uno y dijo:
-Mira lo que estoy haciendo. Tortilla de tres clases. A tu prima le gusta más fina y menos hecha, a mi más alta y al niño intermedia.
Entonces me di cuenta de que no sólo estábamos en el mismo sitio, una parte de la misma gente de antaño, sino que la misma parte de la rueda de la vida giraba en ese instante para dar un repaso a la misma lección: la grandeza de las cosas que solo se hacen por amor.
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