viernes, 9 de noviembre de 2007

Chispa de universo

La Chiquita piconera, de Julio Romero de Torres

Doy gracias al Universo por mis pies, que paso a paso me permiten desplazarme a donde quiero, por mis tobillos, por las tibias de mis piernas, por mis rodillas. Doy gracias por mis muslos, de piel suave y morena, por las terminaciones nerviosas que me han permitido encadenar bellos momentos, por mi vientre donde se han gestado dos hijos, que me duelen de quererlos, y por el aparato reproductor que me ha facilitado parirlos. Doy gracias por las digestiones de mi estómago, por el lunar que marca el centro –como si fuera un satélite del ombligo- por mis pechos capaces de atraer y de alimentar, por mis caderas y mis hombros. Doy gracias por mis brazos largos, por mis manos hábiles con sus dedos y sus uñas, eficaces en la caricia necesaria o la defensa imprescindible. Doy gracias por mi cuello y mi cabeza, rellena de un cerebro capaz de procesar conversaciones y textos, de producir pensamientos y de dictar ordenes –como la de escribir esto. Doy gracias al Universo por mis ojos que me permiten ver los colores de las flores y diferenciar la forma de sus pétalos, por las pestañas que los adornan. Doy gracias por el lunar que tengo al lado izquierdo de la cara. Doy gracias por el oído que me hace disfrutar de una música o quejarme de un ruido, y por la capacidad de apreciar un sabor o un olor exquisitos. Doy gracias por la piel y por el pelo.
Doy gracias porque tengo el privilegio de poder pararme a mirar, apreciar y valorar mi particular chispa de Universo.

domingo, 14 de octubre de 2007

El hombre rígido

Viajábamos, yo era una niña que absorbía el paisaje por la ventanilla. La nariz y las manos cercando al resuello. El paisaje era aburrido, monótono, a través del cristal siempre se veía lo mismo, una película de árboles casas y sembrados, ni una montaña.
Hasta que de repente apareció un hombre tendido en un reguero, rígido, su cuerpo haciendo de puente, los riñones en vilo, y la cabeza sobre una almohada de tela azul.
Pregunté a los mayores si habían visto al muerto y dijeron que no, sonríe que sonríe a todo le restaban importancia. Trataron de convencerme de que dormía.
Durante mucho tiempo determinada configuración del paisaje me sobresaltaba. Cualquier cosa azul me recordaba el raso de aquella almohada. La cabeza lejana, morena, quieta.

Los muertos jamás me han dado miedo, es más cuando son cercanos necesito verlos, sin embargo la primera vez que vi a mi padre tendido, con los ojos cerrados, las manos en la nuca y la cabeza en la almohada, lejana, morena, quieta, me asusté mucho, y lo desperté de un grito.

martes, 28 de agosto de 2007

Mortal y rosa

Párrafo extraído de la página 120 del libro.

Mi hijo en el mercado, entre el fragor de la fruta, quemado por todas las hogueras de lo fresco, iluminado por todos los olores del campo. La fruta -ay- le contagia por un momento su salud, y el niño ríe, mira, toca, corre, sintiendo y sin saber un mundo natural, el bosque podado en que se encuentra, esa consistencia de bosque que es un cesto de fruta, una frutería. Mi hijo en el mercado, entre el crimen matinal de las carnes, el naufragio azteca de los pescados y, sobre todo, entre los fuegos quietos de la fruta, que le abrasa de verdes, de rojos, de malvas, de amarillos. Él, fruta que habla, calabaza que vive, está ahora entre dos fuegos, entre los mil fuegos fríos de la fruta, y grita, chilla, ríe, vive, lleno de pronto de pariente naturales, primo de los melocotones, hermano de los tomates, con momentos de hortaliza y momentos de exquisita fruta tropical. Es como si le hubiéramos traído de visita a una casa de mucha familia, a un hogar con muchos niños. Como cuando se reencuentra con la hueste ruidosa de los primos. Qué fragor de colores en el mercado de la fruta. El niño corre entre las frutas, entre los niños, entre los primos, entre los albaricoques.
Francisco Umbral.
Nos queda su palabra. Nos quedan sus libros.

martes, 21 de agosto de 2007

Ciento veinte días

Hoy hace cuatro meses del día que supe que no te iba a ver más.
Y pensar que siempre me ha gustado la palabra ausencia, Julián.
Viva el pelo, Julio Romero de Torres

domingo, 17 de junio de 2007

Manos y alas.


Ayer probé las alas que me están creciendo en la espalda desde que tú te has ido, Julián, no duelen nada, las mías son negras, las tuyas blancas.
No necesito decirte que te quiero.
Dejaste escrita tu naturaleza, tu identidad, tu esencia. Marido, padre, hermano, amigo. Nada sin los demás, nada sin ella. Un lugar en nuestro corazón.
Esto si duele, pero no pincha porque eres una flor no una espina.
Ayer probé las alas que me están creciendo en la espalda desde abril, y funcionan, me elevaron unos milímetros del suelo, lo suficiente para pisar sin hacer daño a las aceras, recién lavadas de lluvia por cierto. Carpe diem. Chispas de colores sobre fondo negro. Me tocaba vivir el momento.
Hablo de una cena, de un encuentro con personas que olían muy bien. No así el pescado que pedí de segundo plato. Por eso aproveche para salir a fumar un cigarrillo de los dos que llevaba.
Alguien se acercó a pedir tabaco y le dije que sólo tenía un cigarro mientras lo sacaba.

—Entonces no, dijo en el perfecto español de quien ha recorrido medio mundo y tomado todos los acentos a su paso, pero yo le di el cigarro y un mechero porque también llevaba dos, obsequio de un chino en diciembre, después de comprar el pan:
-Legalo mechelo glati.
-Gracias, dije yo.
Y a legalo legalao no le vas a poner precio.
Alguien levantó el pulgar al cielo y señaló mi cara. Preguntó si podría comprar más tabaco y le dije que sí, cerró el puño agradecido, se dio dos golpes sobre el corazón, volvió a señalar mi rostro y dijo:
-Tú, no sé tu nombre.
-Carmen, ¿y tú?
-Buba.
-Cómo se escribe, pregunté, —cosas mías.
-B ú a b á. Deletreaba y sonreía poniendo las tildes a capricho como hago yo en paromités, un lenguaje que he inventado para los excesos. Tenía lo blanco de los ojos rojo.
Nos rozamos las manos como si lo necesitáramos por alguna extraña razón. Toqué muchas manos blancas ayer. Las de Buaba eran negras. Me gusta tocar las manos de la gente, me transmiten muchas sensaciones.
El camarero me reprendió porque la cena se enfriaba cuando pisé la colilla y volví hacia dentro del local.
-Me esperan, —dije.
Buaba se encogió de hombros y se fue con los ojos asombrados y brillantes, a punto de lágrima por sí mismo, pues nadie llora por nadie, si lloramos lo hacemos por nosotros, por nuestro triste ombligo. Mientras se alejaba me pareció que se elevaba unos milímetros del suelo, como cuando se roza el bienestar, pero no estoy segura. Casi nunca estoy segura de nada.
No sé, Julián, ayer probé las alas que no se ven, pero son pardas y creo que si nunca lo fui, jamás seré ya una mujer sensata. Son pequeñas pero me elevaron unos milímetros del suelo a la vuelta, pocos, muy poquitos, lo suficiente para flotar, para vivir el momento y pisar sin hacer daño a las aceras.

                                                    25/mayo/2007