Era invierno en Long Island. Walt Whitman se quitó el sombrero e inclinó la cabeza al pasar junto a una bella desconocida. Comparó sus pechos con las colinas Vermont, su pelo con los bosques de Maine, sus caderas con los ranchos de Texas. Ella miró para otro lado evasiva, orgullosa. Se cruzaron. Él se volvió a mirar su andar elegante, su figura deslumbradora. Ella siguió su camino sin sospechar al hombre, al maestro de escuela, al carpintero, al tipógrafo, director de periódico, empleado público, enfermero, al poeta que le puso voz al crecimiento de la hierba. Walt Whitman se mesó la barba y volvió a ponerse el sombrero antes de que se le enfriase la cabeza. Sí, se dijo, es preciosa, pero cualquier hormiga, rana o zarzamora es tan importante como ella.
Lágrimas azules. Hilos de seda. Sensaciones suaves y profundas de alguien en continua evolución.
sábado, 10 de enero de 2015
jueves, 8 de enero de 2015
El péndulo
Ella le soltó un discurso largo y adornado para envolver la peor noticia, le sirvió una infusión calmante en una taza de porcelana blanca, le dio un beso sincero en la mejilla y esperó una reacción.
—Quiero más azúcar, dijo él, haciendo péndulo sobre la mesa del comedor con la cucharilla limpia y seca.
Mientras ella iba a la cocina, él abrió el balcón, inspiró hondo y se arrojó al vacío.
martes, 30 de diciembre de 2014
Ella
Se sentó a esperar y se quedó de piedra en aquel punto del Parque del Retiro. Leyó casi todo el libro del tirón. Cuando se sintió cansada dejó caer el brazo con el libro abierto. Alzó las rodillas y bajó los párpados. Tenía sueño. Oscureció.
Por
las mañanas el sol le fue blanqueando, rayo a rayo, la piel y por las
tardes el viento la envistió hasta endurecerle las formas.
En
el hueco de su pubis se quedaba prisionera el agua de la lluvia, a
veces también la del riego, porque estaba rodeada de césped, y los
pájaros que pasaban volando se paraban a beber en Ella.
Cuando llegó el otoño, de las las hojas del libro se fueron cayendo, una a una, las letras secas.
sábado, 29 de noviembre de 2014
El vestido mariposa
Todo comenzó en el Museo
Metropolitano de Nueva York, cuando Roxan miró el hermoso vestido de Charles
James. De color naranja degradado y brocados en bronce, a la distancia adecuada
parecía una bella mariposa e invitaba a salir volando con él puesto.
Lo deseó con
vehemencia. Le dijeron que no estaba a la venta. Pero todo tiene un precio y si
algo tenía Roxan entonces, era dinero.
Dedicó sus días a
la ilusión de alcanzarlo y las noches a soñar con sus formas. Cinco años tardó
en conseguirlo.
Se lo probó con sumo
cuidado para no romperlo, al mover la tela se desprendía parte del polvillo que
lo envolvía entero. Roxan por fin parecía una mujer feliz. Apenas le dio tiempo a mirarse al espejo.
Cuando una mariposa anaranjada, con arabescos en las
alas, se cruce en tu camino, fíjate bien, si vuela con elegancia y tiene una
gran concentración de felicidad en la cara, agita la mano y salúdala.
sábado, 15 de marzo de 2014
Por qué escribo
Tratar de explicar
por qué escribimos es igual que tratar de explicar porque nos enamoramos. Hay
algo común en ambas cosas; diversas razones y ninguna concreta, mucho menos
única. También es algo parecido a tratar de explicar quién somos. No a qué nos
dedicamos, cuál es nuestro nombre, nuestro color de pelo, o de ojos. Escribir
es un acto espontáneo, un acto de amor.
Acabo de usar media
cita de Jean Cocteau, completa dice: «Escribir es un acto de amor, si no lo es no
es más que escritura», mi hermano escribió estas palabras en una
felicitación de cumpleaños entre las suyas para animarme a seguir escribiendo. Es
inevitable utilizar las palabras que emplearon otros, seguir la estela de
aquellos a quien admiramos. Yo comencé admirando al autor del primer cuento que
leí en Elche: El pastel de Roe Roe, admiré
a Charles Dickens por Oliver
Twits,
a Marc Twain, a Cervantes… seguí aumentando la lista de autores clásicos y
contemporáneos, mientras admiraba a mi hermano que, además de trabajar y
estudiar, escribía cuentos y ganaba premios que alegraban mucho a mi madre
cuando la llamaban por teléfono para decírselo, una vez ella le preguntó por
qué, si ya vivía en su casa, seguía dando su número, él contestó: «porque así te llevas tú la alegría primero»,
en cuanto pude retomé los estudios y puse las tildes en su sitio, continué
leyendo y comencé a escribir por presunción, quería que mi hermano se sintiera
tan orgulloso de mí como yo lo estaba de él. Conseguí ganar algún certamen,
publicar algún relato, lotes de libros y un dinerillo para viajar, pero el
mayor premio fueron sus palabras animándome a seguir su estela. Escribí para inventar
historias con olor a pan tierno, publicar en Internet, participar en Albanta
todas las semanas y también para jugar con él de grandes y en serio. Una vez,
sin ponernos de acuerdo, contamos la misma historia, la historia del cojín que
nos tirábamos a la cara de pequeños y un día se quemó en la estufa. La
complicidad une mucho; pactamos no echarnos la culpa el uno al otro. Él me
llevaba ventaja; catorce meses de vida y años luz de inteligencia, yo escribí
primero la historia a mi manera y el ordenador se tragó mis letras de novata
informática, ¡bah!, me dije, como la zorra del cuento, total no valía la pena
contarlo, luego lo escribió él con licencia poética y se lo leyeron en la
radio, entonces lo volví a escribir y le
propuse un juego. Le bastaría con teclear mi nombre para encontrar el relato y
sorprenderse con nuestra foto de pequeños. Nos lo íbamos a pasar muy bien.
Pero el destino
tenía otros planes. Dolor, rabia, impotencia. « ¿Por qué escribo? ¿Quién me
manda proponerte un juego?»...
Un amigo de Albanta
me dijo entonces: «Carmen, no descuides
ahora a tu familia y escribe, porque escribir es otra forma de llorar”. Han pasado casi siete años de la
muerte de mi hermano y aquellas palabras me siguen pareciendo una de las cosas
más hermosas que me han dicho.
Lloraron también en
un papel mi padre y mis hermanos. Escribieron. Quién escribe alguna vez desde
el fondo de su alma, no vuelve a ser el mismo. Quien ama profundamente tampoco.
Aunque el texto sea inventado, si las entrañas te dictan algún párrafo, en ese
cuento das parte de ti. Igual que cuando besas con los ojos cerrados y el mundo
alrededor se borra porque sólo existes en el contacto de esos labios, envoltorio inconsutil que te acerca y te depara del ser que estás besando.
Así que por un lado
escribir es volcar todo el dolor que se pueda en un papel y por otro escribir es dar la mejor flor de
ti a los demás.
Escribo para buscar
algo que no sé si existe y mucho menos donde está.
Escribo para soñar
despierta, para abrir un mundo paralelo que se ajuste mejor a la víscera
sensible, bella y oscura, que llevo dentro. Escribo para conocerme, aceptarme y
dejarme querer.
Escribo para
transgredir, porque me gusta lo prohibido.
Escribo porque amo
las nubes y no alcanzo. Para crear y destruir. No sé para qué escribo, pero
sufro y disfruto haciéndolo. Igual que disfruto y sufro amando. Escribo para
sentir.
jueves, 21 de noviembre de 2013
Negra
Yo una vez fui negra. Era martes por la tarde, lo recuerdo muy
bien. Doña Lucía, la maestra, apenas nos hacía trabajar después de comer. Las
matemáticas y el lenguaje se daban por la mañana, luego, de tres a cinco, se
hacían trabajos manuales y los martes las niñas cosíamos mientras ella leía
pasajes del Quijote, travesuras de Antoñíta la fantástica o aventuras de un
guerrero africano llamado Orzowey.
También recuerdo que era mayo. Los altares a la virgen estaban
puestos todo el mes, llenábamos frascos de cristal con rosas y todos los días
cantábamos "Con flores a María" al entrar en clase . El agua de los
frascos se enturbiaba enseguida y olía a podrido cuando se tiraba, pero las
flores, frescas o marchitas, olían siempre bien.
Aquel martes estuvimos en la selva mientras bordábamos pétalos
rosados en el embozo de una sábana y su almohadón. Había que cruzar los hilos
por debajo para que se transparentara el color, las hojitas estaban dibujadas
en la tela, doña Lucía calcaba los diseños con un papel de seda. En la selva
llovía esa tarde y el agua llovida lavaba las heridas de nuestro guerrero
favorito a la hora de demostrar su hombría, él apartaba ramas verdes y
brillantes con su lanza para poder pasar.
Terminado el capítulo recogimos la costura y nos pusimos en doble
fila para salir.
—Tú eres negra, me dijo la
ratoncilla, una chica pecosa con la piel casi transparente de blanca, la nariz
muy fina y ojillos grises.
Abrí la boca para rebatírselo, porque las dos nacimos en el mismo
sitio, pero no dije nada. Mi piel era mucho más oscura que la suya y mi pelo
era absolutamente negro, rizado. Cerré la boca y me quedé muda cuando al poner
el primer pie fuera del aula crecieron helechos en el suelo, de ordinario seco
y polvoriento. Hacía mucho calor, un calor distinto, húmedo, cercano y
envolvente. Puse fuera el otro pie y apareció una palmera. Las demás niñas
desaparecieron. En el siguiente paso vi monos dando gritos y saltando. Luego
llovía a cántaros y una serpiente se enroscó en la rama de una árbol enorme que
yo no había visto nunca. El agua de esa lluvia era caliente y yo iba descalza.
No había polvo en el suelo, ni tierra, todo era verde, todo era selva. Miré la
pupa de mi rodilla izquierda, tan oscura como el resto de la piel, los pies y
las manos por las dos caras, las palmas mucho más claras que el envés. Me toqué
los brazos negros, los aros grandes en las orejas pequeñas, suaves y pegadas a
la cabeza, la nariz ancha y los pómulos pronunciados, las trenzas que salían
del cráneo, los labios gruesos y la altanera, mandíbula separada del cuello.
Duró hasta que llegué a casa. Nadie se sorprendió, ninguno de mis
hermanos dijo nada, ni siquiera lo notó mi madre que era la única persona capaz
de adivinar incluso las cosas que no se ven.
Pero os aseguro que yo una vez fui negra.
domingo, 10 de noviembre de 2013
El cojín
Mi madre forra un cojín de nylon, tela poco propicia a tal fin, desde luego, en azul eléctrico con espigas negras como una premonición. Lo pone en la butaca de mimbre, lo admira orgullosa y sale a comprar el pan al horno de arriba con la bolsa colgada del brazo, dejándonos solos a Julián y a mí ese rato. Mi hermano tiene ocho años, yo siete. Pone ojos de qué bien me lo voy a pasar con lo que tengo a mano, yo pongo ojos de no se te ocurra que ya verás luego. Pero nada. Tira el cojín y me da de lleno en la cara, se ríe, se lo devuelvo y lo esquiva, se ríe. Lo vuelve a tirar y me aparto, el cuerpo del delito roza la llama de la estufa de butano y se le abre una boca grande y negra que da miedo, ya no se ríe y yo tampoco. Nos vamos a enterar después de esto.
Coloca el cojín escondiendo la falta y habla conmigo muy en serio, no se lo digas, no le digas a mama que he sido yo, que me mata, dice, no te chives, añade, y me lo ha pedido por favor. Pactamos, ninguno dirá nada. Pero mi madre es una mujer de olfato infalible, intuición a raudales y recursos más que suficientes para hacernos confesar.
Entra derecha, oliendo el aire y mirando alternativamente al cojín y a nosotros. Le da la vuelta y libera una especie de grito dividido entre dolor y sorpresa.
Quién ha sido, pregunta. Nadie, no ha sido nadie.
Trae la taza y el cuchillo. Es la peor escena, se trata de fingir que mata a mi hermano como hace cada sábado con una gallina de nuestro corral que el domingo nos comemos guisada en pepitoria, para que admita su falta o confiese yo para salvarlo. Yo hago el recado, él pone el cuello. Los dos temblamos. Pero hay que ver como se enternece María con el dulce cuello de su galán como ella lo llama dispuesto al sacrificio, lo está viendo y no se lo puede creer. Dice que cede por no matarnos y la puesta en escena queda descolgada del dramatismo teatral. No habrá estreno.
En mi primer ordenador escribo algo muy parecido a lo que acabáis de leer, pero el texto se esfuma y no sé recuperarlo, entonces me digo como la zorra de la fábula, bah, total, no valía la pena contarlo.
Un poco después lo escribe mi hermano, lo manda a un programa de radio y Juan José Millás lo lee en antena. El cuento es el mismo, pero con licencia poética porque en el suyo la víctima soy yo.
Estoy segura de que es él, pero aun así le pregunto a mi madre que tiene un ordenador en la cabeza y dice: era él, era él.
Vuelvo a escribirlo y lo lanzo al espacio de los mundos virtuales donde tarde o temprano mi hermano lo encontrará, no digáis nada, cuento con vuestra complicidad en este juego. Antes nos lanzábamos cojines como rayos, ahora hemos crecido y nos lanzamos relatos.
19, abril de 2007
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



