Lágrimas azules. Hilos de seda. Sensaciones suaves y profundas de alguien en continua evolución.
sábado, 21 de febrero de 2015
martes, 17 de febrero de 2015
Zapatos nuevos
El niño está sentado en una escalera de piedra, delante de una
puerta. La chaqueta de paño le queda pequeña. Asoman las mangas del jersey de lana gris tejido
por su madre. Asoman también sus viejos calcetines por el agujero del zapato
derecho. La presión del dedo gordo, el frío, y el paso del tiempo, han estallado la badana.
Cierra los ojos, abre la boca al cielo y sus dientes
se llenan de sol y de alegría cuando alguien le da los zapatos nuevos. Brillan
tanto…, son de piel marrón.
viernes, 23 de enero de 2015
Anchoas
Muchos años después el hombre sonríe al abrir el frigorifico y ver el tarro dentro, sonríe al abrirlo y olerlo, y sonríe también cuando las saborea. Su novia al salir de la conservera, con el pelo recogido en una coleta y una falda de vuelo que se movía alrededor de sus caderas, preguntaba:
—¿Huelo a anchoas?
—Qué va, hueles a mar cantábrico, reina, contestaba él dándole un beso.
Se casaron, tuvieron dos hijos y un perro. Una vida sin grandes triunfos ni grandes penas. Hace mucho tiempo que ella dejó de trabajar en la fábrica y él de ir a buscarla. Ya están jubilados, tienen algunas gallinas ponedoras y una huerta discreta que da para el gasto de la casa. Suelen cenar una ensalada de lechuga o de tomate con aceite, orégano, aceitunas negras y queso fresco. Algunas noches el saca él tarro de la nevera, sonriendo, pone dos o tres para cada uno sobre una rebanada de pan tostado untado con ajo.
Ella lo conoce bien y espera sus palabras, sonriendo, ahora lleva el pelo canoso recogido en un moño y tiene las manos quietas en el halda.
—Hueles a anchoas, sirena, le dice el viejo después de cenar.
—Mentiroso, huelo a mar, le dice ella, y se dan un beso.
(Este relato es quinto premio en el I Certamen A qué sabe Cantabria)
sábado, 10 de enero de 2015
Un caballero
Era invierno en Long Island. Walt Whitman se quitó el sombrero e inclinó la cabeza al pasar junto a una bella desconocida. Comparó sus pechos con las colinas Vermont, su pelo con los bosques de Maine, sus caderas con los ranchos de Texas. Ella miró para otro lado evasiva, orgullosa. Se cruzaron. Él se volvió a mirar su andar elegante, su figura deslumbradora. Ella siguió su camino sin sospechar al hombre, al maestro de escuela, al carpintero, al tipógrafo, director de periódico, empleado público, enfermero, al poeta que le puso voz al crecimiento de la hierba. Walt Whitman se mesó la barba y volvió a ponerse el sombrero antes de que se le enfriase la cabeza. Sí, se dijo, es preciosa, pero cualquier hormiga, rana o zarzamora es tan importante como ella.
jueves, 8 de enero de 2015
El péndulo
Ella le soltó un discurso largo y adornado para envolver la peor noticia, le sirvió una infusión calmante en una taza de porcelana blanca, le dio un beso sincero en la mejilla y esperó una reacción.
—Quiero más azúcar, dijo él, haciendo péndulo sobre la mesa del comedor con la cucharilla limpia y seca.
Mientras ella iba a la cocina, él abrió el balcón, inspiró hondo y se arrojó al vacío.
martes, 30 de diciembre de 2014
Ella
Se sentó a esperar y se quedó de piedra en aquel punto del Parque del Retiro. Leyó casi todo el libro del tirón. Cuando se sintió cansada dejó caer el brazo con el libro abierto. Alzó las rodillas y bajó los párpados. Tenía sueño. Oscureció.
Por
las mañanas el sol le fue blanqueando, rayo a rayo, la piel y por las
tardes el viento la envistió hasta endurecerle las formas.
En
el hueco de su pubis se quedaba prisionera el agua de la lluvia, a
veces también la del riego, porque estaba rodeada de césped, y los
pájaros que pasaban volando se paraban a beber en Ella.
Cuando llegó el otoño, de las las hojas del libro se fueron cayendo, una a una, las letras secas.
sábado, 29 de noviembre de 2014
El vestido mariposa
Todo comenzó en el Museo
Metropolitano de Nueva York, cuando Roxan miró el hermoso vestido de Charles
James. De color naranja degradado y brocados en bronce, a la distancia adecuada
parecía una bella mariposa e invitaba a salir volando con él puesto.
Lo deseó con
vehemencia. Le dijeron que no estaba a la venta. Pero todo tiene un precio y si
algo tenía Roxan entonces, era dinero.
Dedicó sus días a
la ilusión de alcanzarlo y las noches a soñar con sus formas. Cinco años tardó
en conseguirlo.
Se lo probó con sumo
cuidado para no romperlo, al mover la tela se desprendía parte del polvillo que
lo envolvía entero. Roxan por fin parecía una mujer feliz. Apenas le dio tiempo a mirarse al espejo.
Cuando una mariposa anaranjada, con arabescos en las
alas, se cruce en tu camino, fíjate bien, si vuela con elegancia y tiene una
gran concentración de felicidad en la cara, agita la mano y salúdala.
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