Lágrimas azules. Hilos de seda. Sensaciones suaves y profundas de alguien en continua evolución.
jueves, 27 de marzo de 2008
miércoles, 26 de marzo de 2008
Ideologías y símbolos
Es uno entre el millón de jóvenes que han votado por primera vez en las últimas elecciones generales del 2008. Colgó la guitarra para ver los debates electorales y tomó su secreta decisión. Aquel domingo, 9 de marzo, fue a ejercer su derecho acompañado de su hermana, cuatro años mayor. Dos Amores. Fue bonito verlos volver por el parque de los patos, un pulmón, una franja verde, entre nuestra casa y las urnas del colegio, conversando y riéndose, cada uno a su rollo. Nacieron el mismo mes, en julio, y por dos horas casi el mismo día, pero son tan distintos...
(Aunque en empezar a darme satisfacciones se están pareciendo mucho. Mario ha recibido una carta certificada con una felicitación y un cheque, no importa porqué. Pero dan ganas de enmarcarla. Es el símbolo de que por mucho que hayamos errado al educar a un hijo algo hemos hecho bien)
lunes, 24 de marzo de 2008
La pasión
A veces sobran luces, velas y flores para encontrar la esencia de las procesiones, cadenas, cruces y estandartes, mantillas negras y rosarios en manos de plañideras, bordados, dorados… es decir, casi todo. Prefiero ver el milagro del pan y los peces sobre un suelo de tierra seca, la resurrección de Lázaro, hermano de Marta y María, entre matojos, La Santa Cena en la plaza, o cualquier otra escena de la vida de Jesús interpretada por un pueblo. En Morata de Tajuña llevan XXII ediciones poniéndose de acuerdo, y eso sí que es un milagro. Los hombres se dejan crecer la barba y las mujeres caminan con sus hijas de la mano, vestidas con túnicas que han hecho ellas mismas. El pan es de verdad y huele a pan, la fruta de los puestos huele a fruta natural. Y saludamos al apóstol san Pedro (que se llama Modesto) al pasar. Con el grupo de teatro TALIA, Jesús ora en el huerto, junto a olivos verdaderos.
Cuatro horas de espectáculo declarado fiesta de interés turístico.
miércoles, 19 de marzo de 2008
Croquetas para Irene
A Juan le dije que había heredado un imperio y se lo creyó. Porque soy muy rica. Pero la verdad es que todo empezó con las palabras de mi sobrina, primero dijo:-¡Uum, pero si hay croquetas!
Luego dijo:
-Están muy buenas, tía.
Y por la tarde, al despedirse con un beso, añadió:
-Muy rico todo, pero lo mejor de la comida, las croquetas.
A un segundo plano pasaron el queso puro de oveja y el salmón ahumado del aperitivo, la sopa de marisco y el cochinillo asado. Yo ya sabía que me salían ricas, pero me reafirme con aquellas palabras de reconocimiento y empecé a invitarla cada vez que las hacía. Luego compré un trozo de tierra sin futuro y se me ocurrió lo del chiringuito, la gente venía al principio porque no había otra cosa para entretenerse alrededor. Y después el boca a boca trajo gente de otros sitios, y cuando quise darme cuenta tenía una chica rumana aprendiendo la receta conmigo en la cocina y otra en la barra atendiendo a los clientes. El negocio de pequeños kioscos se fue extendiendo como una mancha de aceite, y todos daban mucho trabajo y mucho dinero. Contraté cocineras, camareros, contables, asesores, y gente que se encargaba de contratar a gente hasta que al final tuvimos un restaurante en cada Centro Comercial. Yo ya no trabajo claro, y cuando Juan me preguntó como había conseguido vivir sin trabajar le dije:
-Es que he heredado un imperio, tío.
viernes, 7 de marzo de 2008
Paromités
Un día inventé un lenguaje propio de forma artesanal, hecho con retales del idioma. Como esas colchas de trozos de telas de colores, con cuadros, florecitas, o rayas, que dan un resultado sorprendente y homogéneo. Lo llamé paromités.
Víctor se interesó por él y me propuso que le tradujera un texto para hacer un corto, yo no tenía nada perder, más que el rato que me llevó hacerlo, y sólo ganaba mi nombre y apellidos en los créditos. El resultado de aquella osadía a tres bandas, porque la música la realizó Jesús Mallo, es éste:
Víctor se interesó por él y me propuso que le tradujera un texto para hacer un corto, yo no tenía nada perder, más que el rato que me llevó hacerlo, y sólo ganaba mi nombre y apellidos en los créditos. El resultado de aquella osadía a tres bandas, porque la música la realizó Jesús Mallo, es éste:
jueves, 21 de febrero de 2008
Sevilú
Esos, los de las novias, son los que más trabajo daban porque iban forrados de tul y había que prepararlos, prendidos con alfileres, antes de pasar a las máquinas de coser. Normalmente nos quedábamos a hacer horas extraordinarias con la angustia de no poder avisar a nuestras madres. Había teléfono en el bar, y María, la patronista, nos permitía llamar desde la oficina cuando nos veía preocupadas, pero era imposible porque no había teléfono en nuestras casas. No era raro en aquellas tardes ver correr unas lágrimas.
-¿Niña, qué te pasa?
-Mi madre se va a preocupar por mí, no sabe nada.
Casi todas pasábamos un mal rato el primer día. Los siguientes ya todo era risa. Nuestras madres estaban avisadas. Tomábamos un bocadillo dando un paseo hacia la finca El Paraíso, enorme, con la reja llena de flores, y nos echábamos los piropos de los trabajadores al bolsillo de la bata. Las pequeñas saltábamos a la goma cuando hacía sol y tirábamos bolas de nieve cuando nevaba y las mayores se reían de nuestro recreo: Estas niñas se creen que todavía están en el colegio.
En Sevilú nos reíamos mucho todos los días, con cualquier motivo, sólo a veces lloraba alguna aprendiza. Pero Cuchi tenía un rato reservado a momo todos los días, la veías entre las mesas del corte buscando retales de colores y quejándose.
-¿Qué te pasa, Cuchi?
-Tengo mil quinientos botones de esta referencia, qué voy a hacer, no me va a dar tiempo a terminar.
-No te preocupes, que los pongan de pasta.
Al día siguiente lloraba en su puesto, agarrada a las bolas que tenía que presionar para que el botón quedara hecho.
-Cuchi, ¿qué te pasa?
-No tengo botones, me van a quitar de la máquina.
-¡Cualquiera te entiende, hija, nunca estás conforme!
O bien:
-Ahora viene una marcada de tres mil batas, y llevan siete botones cada una, no me va a dar tiempo, y además seguro que no encuentro retales de terciopelo suficientes.
-Qué sí mujer, verás como te da tiempo, y ya sabes que cuanto más corten más recortes sobran, tela no ha de faltar.
-Qué no, multiplica tres mil por siete, ya verás que cifra: veintiún mil botones, casi nada. Y encima son para Galerías Preciados.
Aquello se convirtió en un motivo fresco de risa, y al verla compungida, o sentirla hipar, en vez de preguntar qué le pasaba, Margarita decía con sorna entre el vapor de su plancha, que estaba justo detrás:
-¿Qué, son “pa” Galerias?
Y Cuchi se afiliaba otra vez al sindicato de una risa adolescente, contagiosa y generalizada, que ponía cara de sargento, verde de envidia, a la encargada.
Esto que cuento sucedió hace treinta años, pero la foto es de ayer tarde, porque mantenemos la amistad y nos gusta contarnos cómo nos va la vida. El café duró tres horas.
lunes, 18 de febrero de 2008
Confesión

Confieso que no entré a la iglesia a rezar, sino a ver “santos”, porque el edificio era tan bonito por fuera, tan antiguo.
Mucho me sorprendió un libro de san Agustín, y no sé cuál otro, encima de una mesa vestida de terciopelo púrpura, entre folletos de beatos, estampas de santos y sobres para donativos.
La cultura por fin al alcance de cualquiera, pensé mientras lo hojeaba.
Ya cerca del altar, en una doble losa de mármol blanco, leí los nombres de los caídos en 1936, sus apellidos, sus edades. Sentí posarse en mis hombros todo el peso del dolor de un pueblo, independientemente del bando al que pertenecieran. ¿A qué bando puede pertenecer un chico de 16 años? ¿Se puede ser sólo de un color, tan temprano? Y, en todo caso: ¿Da un color diferente derecho a matarlo?
Otra cifra me exprimió los ojos, la mano derecha de un cuatro, en mi ojo izquierdo, la mano izquierda de un siete, en el derecho. Tu edad eterna.
Salí del templo.
Un viejo plantaba cuatro rosales cerca y volaron sobre mí, Julián, siete cigüeñas.
Mucho me sorprendió un libro de san Agustín, y no sé cuál otro, encima de una mesa vestida de terciopelo púrpura, entre folletos de beatos, estampas de santos y sobres para donativos.
La cultura por fin al alcance de cualquiera, pensé mientras lo hojeaba.
Ya cerca del altar, en una doble losa de mármol blanco, leí los nombres de los caídos en 1936, sus apellidos, sus edades. Sentí posarse en mis hombros todo el peso del dolor de un pueblo, independientemente del bando al que pertenecieran. ¿A qué bando puede pertenecer un chico de 16 años? ¿Se puede ser sólo de un color, tan temprano? Y, en todo caso: ¿Da un color diferente derecho a matarlo?
Otra cifra me exprimió los ojos, la mano derecha de un cuatro, en mi ojo izquierdo, la mano izquierda de un siete, en el derecho. Tu edad eterna.
Salí del templo.
Un viejo plantaba cuatro rosales cerca y volaron sobre mí, Julián, siete cigüeñas.
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