lunes, 18 de febrero de 2008

Confesión


Confieso que no entré a la iglesia a rezar, sino a ver “santos”, porque el edificio era tan bonito por fuera, tan antiguo.
Mucho me sorprendió un libro de san Agustín, y no sé cuál otro, encima de una mesa vestida de terciopelo púrpura, entre folletos de beatos, estampas de santos y sobres para donativos.
La cultura por fin al alcance de cualquiera, pensé mientras lo hojeaba.
Ya cerca del altar, en una doble losa de mármol blanco, leí los nombres de los caídos en 1936, sus apellidos, sus edades. Sentí posarse en mis hombros todo el peso del dolor de un pueblo, independientemente del bando al que pertenecieran. ¿A qué bando puede pertenecer un chico de 16 años? ¿Se puede ser sólo de un color, tan temprano? Y, en todo caso: ¿Da un color diferente derecho a matarlo?
Otra cifra me exprimió los ojos, la mano derecha de un cuatro, en mi ojo izquierdo, la mano izquierda de un siete, en el derecho. Tu edad eterna.
Salí del templo.
Un viejo plantaba cuatro rosales cerca y volaron sobre mí, Julián, siete cigüeñas.

jueves, 14 de febrero de 2008

Hoy


Tiene veintidós años y se apellida Amor, es auxiliar de enfermería. Esta mañana ha tenido que realizar un curso en Prevención de Riesgos Laborales. Ayer me pidió que la acompañase. A las nueve de la mañana estábamos en la calle Bravo Murillo, de Madrid. Cuando ha terminado, una hora y media después, nos hemos ido a descubrir el mundo juntas. En el metro un violinista tocaba El lago de los cisnes y le he dado un euro. En otra esquina la melodía de un acordeón nos ha hecho bajar a su ritmo los peldaños de la escalera. Y nos ha dado risa un techo tan bajo que casi lo rozábamos con la cabeza. Hemos ido de la calle Sagasta a Sol, andando. Coger una taza de humeante café, después de la caminata, ha sido un bálsamo. En una librería antigua le he dicho que el olor de los libros es al cerebro lo que el de los pasteles al estómago, o algo parecido. Pero esa frase no es tuya, ha replicado. Cómo que no, si acabo de pensarla y de decirla. Entonces apúntala, ha insistido, lo cual significa que le gusta. Y no siempre es fácil que tus cosas gusten a los hijos.
Hemos visto quioscos de forja, limpiabotas, locales que olían a incienso, tiendas de té, edificios de todos los estilos (precioso el de la Sociedad General de Autores) y gente de todos los pensamientos. Desde un escaparate me ha guiñado el ojo una camisa, que por suerte era de mi talla. Y luego, ya en la plaza, ella ha comprado lana para terminar la alfombra que hace tiempo tiene empezada. Cuando le he pedido que me hiciera una foto con las madejas de colores al fondo, se ha sorprendido un poco. Había quietistas, un hombre que tocaba en copas de cristal y otro que hacía sonar un instrumento extraño, desconocido para nosotras.
Y luego hemos ido a la estación de Atocha.
A las cuatro menos cuarto de la tarde, después de comer en un Índalo que hay en la base de una torre azul, en La Garena, de Alcalá de Henares, ella se ha ido a la clínica dental donde trabaja y yo he venido a casa, he encendido el ordenador y me he puesto a escribir que comía mal de pequeña, que lloraba mucho y dormía poco. Pero a estas alturas de febrero los almendros están en flor y la pureza de su blancura me dice que valieron la pena tantos desvelos. No porque tenga veintidós años, ni porque sea auxiliar de enfermería, ni porque se apellide Amor, ni porque sea mi hija. No. No es por eso.

jueves, 7 de febrero de 2008

Libros


Tengo un libro usado. Viejo. Manoseado. Cansado de andar y ser leído. Achacoso, extenuado. Triste, asfixiado. Destripado. Tengo un libro…

vivo.

miércoles, 30 de enero de 2008

Palabras en libertad

Leí en Babelia, el suplemento de El País, un artículo sobre el IV congreso de la lengua. Una veintena larga de escritores proponían rescatar palabras en desuso de nuestro castellano. Cristina Cerrada, autora de “Noctámbulos” eligió inconsútil.
La palabra tiene una belleza de significados, es la piel de nuestro cuerpo, el uniforme de lo humano. Es algo sin costuras. Inconsútil es el cielo, el mar, la piel de la cereza, la membrana que envuelve al corazón.


Me gustan muchas palabras y algunos significados.

Una página de Internet, proponía hace tiempo elegir las diez palabras más bonitas del idioma. Escribí estas:

Paz, luciérnaga, iceberg, boina, espiga, rosal, tesoro, ánimo, deseo, etcétera.

Hice una pequeña trampa inofensiva, porque con la primera letra de las ocho intermedias se forma otra: libertad, y la última encierra en sí misma una posibilidad de palabras infinita.

La foto que he puesto, aparentemente no tiene nada que ver con el texto, la tome hace dos años a una casa inclinada hacia delante, en Amsterdam, pero al elegirla me he dado cuanta que el color con el que está pintada tiene algo de inconsútil, como la piel de los labios, la del corazón o la de la cereza. Y además por el cielo, aunque no se aprecia, íba una paloma volando, en libertad, y quizá desde su altura viese el mar.

viernes, 11 de enero de 2008

El costurero


El costurero llegó al pueblo cuando yo tenía nueve años, y tuve que esperar un curso entero para abrazarlo. María Luisa Horcajada se lo vendió a mi padre con cien papelitos de azafrán, muy bien doblados, dentro. Fue mío desde el principio pero tuve que esperar hasta que se vendiera el contenido.
No era un costurero, era, y sigue siendo, una caja de madera decorada con una estampa andaluza.
Preparé los hilos de colores, enrollados sobre papeles con dibujos de la escuela. El canutero de madera lleno de agujas finas. La almohadilla, o acerico, para los alfileres con cabezas de colores. Un dedal de plástico rojo, cinta métrica de papel y unas tijeritas.
Quienes entraban a la tienda admiraban tan hermosa caja. En junio nos dieron las vacaciones y, al fin, puse los hilos dentro, el canutero, el dedal y las tijeras.
Más de treinta años después todavía lo tengo. Cuando abro la tapa hablo con el tiempo.

martes, 8 de enero de 2008

Reflejos

La Fuensanta, de Julio Romero de Torres


Hoy me he mirado al espejo, y sí, tengo la edad que aparento.


(¿Se refleja el alma en los espejos?)

jueves, 3 de enero de 2008

Julián y yo



Tus palabras:

El pájaro loco
Mirad bien la base de los árboles hasta que déis con un montoncito de serrín pegado al tronco: unos dos metros más arriba estará el nido del pico picapinos. Esperad escondidos a que el padre o la madre venga a cebar a sus crías y cuando esté dentro tapad el agujero con la bolsa de plástico que tendréis preparada. Al salir, el pájaro será vuestro. Guardáos de su pico y no lo metáis en una caja de madera ni en un armario. Sé lo que me digo


Las mías:

El nido
La nata de la leche con azúcar sobre la rebanada de pan tibia. Cola cao en el vaso y en el bigote. Madalenas con su nevada de azúcar en la cima. Mama presumiendo de que en el horno han dicho que las suyas, las nuestras, han salido muy bonitas. La radio puesta antes de ir a la escuela. Y tú negándote a contar donde está el nido que te sabes.
-Por favor, por favor.
-Vale, pero no lo toques, porque si lo haces, si tocas la cáscara del huevo la madre aburre a los polluelos.
-No los toco, pero dime ¿Dónde, dónde?
Haces un plano verbal, de piedras, hierbas, medios giros, pasos contados y lomas a la izquierda.
A la vuelta de la escuela fui a buscarlo y lo encontré. Pero el plano era tan amplio, tan minucioso y detallado, que ocupó todo el espacio en mi cerebro de nuez de los siete años, no cabía el “prohibido tocar”. Sólo cogí uno de los tres huevos moteados que había, pequeño y suave, fue un tacto mágico y la emoción hizo que me sudaran las manos y el sudor hizo que resbalara el huevo y la fuerza por sujetarlo hizo el resto.