
Confieso que no entré a la iglesia a rezar, sino a ver “santos”, porque el edificio era tan bonito por fuera, tan antiguo.
Mucho me sorprendió un libro de san Agustín, y no sé cuál otro, encima de una mesa vestida de terciopelo púrpura, entre folletos de beatos, estampas de santos y sobres para donativos.
La cultura por fin al alcance de cualquiera, pensé mientras lo hojeaba.
Ya cerca del altar, en una doble losa de mármol blanco, leí los nombres de los caídos en 1936, sus apellidos, sus edades. Sentí posarse en mis hombros todo el peso del dolor de un pueblo, independientemente del bando al que pertenecieran. ¿A qué bando puede pertenecer un chico de 16 años? ¿Se puede ser sólo de un color, tan temprano? Y, en todo caso: ¿Da un color diferente derecho a matarlo?
Otra cifra me exprimió los ojos, la mano derecha de un cuatro, en mi ojo izquierdo, la mano izquierda de un siete, en el derecho. Tu edad eterna.
Salí del templo.
Un viejo plantaba cuatro rosales cerca y volaron sobre mí, Julián, siete cigüeñas.
Mucho me sorprendió un libro de san Agustín, y no sé cuál otro, encima de una mesa vestida de terciopelo púrpura, entre folletos de beatos, estampas de santos y sobres para donativos.
La cultura por fin al alcance de cualquiera, pensé mientras lo hojeaba.
Ya cerca del altar, en una doble losa de mármol blanco, leí los nombres de los caídos en 1936, sus apellidos, sus edades. Sentí posarse en mis hombros todo el peso del dolor de un pueblo, independientemente del bando al que pertenecieran. ¿A qué bando puede pertenecer un chico de 16 años? ¿Se puede ser sólo de un color, tan temprano? Y, en todo caso: ¿Da un color diferente derecho a matarlo?
Otra cifra me exprimió los ojos, la mano derecha de un cuatro, en mi ojo izquierdo, la mano izquierda de un siete, en el derecho. Tu edad eterna.
Salí del templo.
Un viejo plantaba cuatro rosales cerca y volaron sobre mí, Julián, siete cigüeñas.


